El Umbral de la Sombra capitulo 1
Capítulo Uno: El Peso del Latón
El sol de la mañana en Azeitão tenía la consistencia de la miel tibia. Se derramaba sobre las mesas de hierro forjado del "Café Central", moteando las fachadas encaladas y blanqueando las sombras de las callejuelas empedradas. Javier Aguilar no levantó la vista de su café. Conocía ese sol. Lo había medido durante trescientos cuarenta y siete mañanas idénticas a esta. Era un sol predecible, honesto. Una cualidad que ya no esperaba de las personas.
Su mesa, la misma de siempre, estaba en la esquina más alejada de la puerta, ofreciéndole una vista completa de la pequeña plaza sin convertirlo en parte del espectáculo. Desde allí observaba. Era un hábito que no había logrado extirpar, como un miembro fantasma que todavía picaba. Observaba al panadero discutir con el repartidor de verduras, notando la tensión en el cuello del primero y la resignación en los hombros del segundo; una deuda no pagada, probablemente. Observaba a la pareja de turistas alemanes, demasiado equipados para un simple paseo, consultando un mapa digital con una ansiedad que delataba un miedo irracional a perderse en un pueblo que se podía cruzar a pie en quince minutos.
Y se observaba a sí mismo. Un hombre de cincuenta y dos años que parecía diez más viejo o diez más joven, dependiendo de la luz. El pelo cano en las sienes, las líneas de expresión alrededor de los ojos grabadas no por la risa, sino por la concentración y la falta de sueño. Sus manos, que una vez habían sabido desarmar un explosivo improvisado con la misma delicadeza con la que ahora sostenían la taza de porcelana, estaban quietas. Demasiado quietas.
De su bolsillo sacó un pequeño objeto pesado: un encendedor de latón, modelo Zippo, de la época de Vietnam. No fumaba. El encendedor era un ancla. Lo abrió con el chasquido metálico característico, un sonido seco y final. La llama brotó, una pequeña daga de luz anaranjada. Contuvo la respiración, observando cómo danzaba, y luego la cerró de golpe, ahogándola. Era un ritual. Un castigo. El encendedor no era suyo. Pertenecía a Katja.
«Siempre fíjate en los detalles, Javier», le había dicho ella en Viena, su aliento formando una nube de vaho en el aire gélido del invierno. «El diablo no está en los detalles. La verdad, sí».
Katja había confiado en los detalles. Y un detalle, uno solo que él pasó por alto, la había matado. El encendedor era lo único que había recuperado de sus efectos personales. Un peso de latón y culpa que llevaba a todas partes.
El ruido de un coche de lujo rompió la sinfonía matutina del pueblo. Un Mercedes negro, con matrícula diplomática, que parecía obscenamente fuera de lugar entre los Fiat y Renault desgastados. Se detuvo con una suavidad insultante. Javier no necesitaba mirar quién bajaba. Lo sintió. Sintió el cambio en la presión atmosférica, la forma en que el aire se ordenaba alrededor de una voluntad singular.
Ricardo Morales salió del coche. Impecable, como siempre. Su traje de lino color crema no tenía una sola arruga. Sus zapatos brillaban. Incluso su calvicie parecía pulida a propósito. Morales no caminaba; avanzaba, y el mundo parecía apartarse cortésmente. Era el Director de Operaciones Europeas de "La Entidad". El antiguo jefe de Javier. El hombre que le había prometido el mundo y le había entregado un funeral.
Morales lo vio. Sus ojos, pequeños y oscuros como balas de pistola, se encontraron con los de Javier a través de la plaza. No sonrió. Morales nunca sonreía de verdad. Solo curvaba los labios en una evaluación de costes y beneficios. Se dirigió directamente a su mesa. El camarero, que normalmente se movía con una lentitud glacial, se apresuró a buscar una silla extra, intimidado por una autoridad que no entendía pero que reconocía instintivamente.
—Javier —dijo Morales a modo de saludo. Su voz era grave, sin acento discernible, el producto de una vida pasada en aeropuertos y embajadas—. Te sienta bien Portugal. Pareces... tranquilo.
Era la primera mentira. Javier parecía cualquier cosa menos tranquilo. Parecía un animal enjaulado que había aprendido a quedarse muy quieto para no malgastar energía.
—Ricardo —respondió Javier, sin moverse. No le ofreció la mano—. El vino es bueno. El pescado es fresco. La gente no hace preguntas. Es todo lo que pido.
—La tranquilidad es un lujo caro —Morales se sentó, colocando un maletín de piel sobre la mesa con un sonido sordo—. Y las cosas caras tienden a no durar.
El camarero llegó con la silla. Morales pidió un agua sin gas, en un portugués perfecto y sin alma. El silencio se estiró entre ellos, lleno de todo lo que no se decía: Viena, la sangre en la nieve, los informes clasificados, la jubilación forzosa que habían disfrazado de elección personal.
—No estoy en venta, Ricardo.
—No he venido a comprarte —replicó Morales, uniendo las puntas de sus dedos—. He venido a pedir un consejo. Una consulta. La mejor opinión que el dinero de los contribuyentes europeos puede conseguir.
Javier soltó una risa seca, sin humor. —¿Mi opinión? Mi opinión es que deberías tomarte un pastel de nata, disfrutar del sol y volver a tu mundo de mentiras y presupuestos inflados.
Morales ignoró el comentario. Abrió el maletín y extrajo una delgada carpeta de color neutro, sin marcas. La deslizó sobre la mesa. Se detuvo justo al lado de la mano de Javier.
—Toshiro Kagawa. Subdirector de estrategia del Banco Central de Japón. Hace cuarenta y ocho horas, saltó desde la ventana de su suite en el Park Hyatt de Tokio. Piso cuarenta y siete. Limpio, sin dudas. Dejó una nota.
—Los banqueros se estresan. Ocurre —dijo Javier, mirando la carpeta como si fuera una serpiente.
—Kagawa no estaba estresado. Estaba en la cima. Acababa de cerrar un acuerdo que estabilizaría el yen durante la próxima década. Su vida personal era impecable. Tenía dos hijas, una esposa a la que adoraba. Su historial psicológico es más estable que el mío.
—Nadie es estable, Ricardo. Solo bien auditado.
Morales se inclinó ligeramente hacia adelante. Su voz bajó, convirtiéndose en un susurro conspirador que era su verdadera arma.
—La nota de suicidio. Escrita a mano. Verificada por tres grafólogos. Es su letra. En ella, confiesa haber manipulado datos para beneficiar a un cártel de Shanghái. Pide perdón a su familia y al Emperador.
—Ahí lo tienes. Tenía un secreto. Todos tenemos uno.
—Sí —dijo Morales, y aquí vino el anzuelo—. Pero el análisis de activos que hicimos durante la noche, una intrusión ilegal y profunda en cada cuenta y comunicación que Kagawa tuvo en los últimos diez años, demuestra que es inocente. Nunca contactó con ningún cártel. Nunca manipuló ningún dato. Era, y esto es lo extraño, un hombre completamente honesto.
Javier sintió el primer cosquilleo de interés. Era una sensación que odiaba, el eco de una vieja adicción. Una anomalía. Una pieza que no encajaba en el puzle.
—Entonces la nota es falsa.
—La letra es auténtica. El papel es del hotel. La tinta es de su pluma personal. Pero la confesión es una mentira. Un hombre se suicida, destrozando el legado de su vida y la reputación de su familia, para confesar un crimen que no cometió. ¿Por qué, Javier?
Javier permaneció en silencio. Su mente, contra su voluntad, empezó a trabajar. Descartó escenarios. Chantaje. Amenazas a la familia. Coerción psicológica.
—Hay algo más —prosiguió Morales, sabiendo que ya tenía su atención—. En la nota, hay una frase. Una cita de un poeta menor de la era Meiji. «La verdad es un espejo roto en el fondo del río». Nuestros analistas de patrones lingüísticos no le dieron importancia. Pero yo recordé algo. Recordé tu informe de Viena.
El aire se heló en la garganta de Javier. El encendedor en su bolsillo pareció pesar un kilo.
—Katja —continuó Morales, con una crueldad calculada—. La fuente que perdiste. El académico. Justo antes de que lo silenciaran, en su último mensaje codificado, usó una frase similar. Hablaba de una nueva forma de desinformación, algo que podía "romper el espejo de la realidad". No le hicimos caso entonces. Lo clasificamos como una floritura poética.
Javier cerró los ojos. Viena. No era un recuerdo; era una herida abierta. Katja creía que el académico estaba a punto de revelar una doctrina de guerra informativa que podía desmantelar una sociedad desde dentro, sin disparar un solo tiro. Javier había pensado que exageraba. Había sido un detalle que pasó por alto.
Abrió los ojos. Su mirada se clavó en la de Morales.
—Esto no es una consulta, Ricardo. Es un reclutamiento.
—Es una petición —corrigió Morales suavemente—. Echa un vistazo al archivo. Solo un vistazo. Estás fuera de la cadena de mando. Tu nombre no aparecerá en ningún sitio. Eres un fantasma. Lee los informes, las entrevistas, los análisis técnicos. Dime qué detalle se nos está pasando. Tú eres el mejor que hemos tenido encontrando la verdad en el fondo del río.
Morales se levantó, tan pulcro como cuando llegó. Dejó la carpeta sobre la mesa. Dejó también una pequeña tarjeta con un número de teléfono encriptado.
—No me llames —dijo—. Yo sabré cuándo has decidido.
Dio media vuelta y cruzó la plaza hacia su coche, una figura de otro mundo abandonando una vez más a Javier en el suyo.
Javier se quedó solo. El sol de la mañana ya no parecía cálido, sino inquisidor. La carpeta yacía sobre la mesa, un rectángulo de color neutro que contenía un mundo de problemas. Podía levantarse, dejarla allí, pedir otro café y seguir midiendo sus días por la calidad del vino y la frescura del pescado. Podía volver a su jaula tranquila.
Pero la frase resonaba en su cabeza. La verdad es un espejo roto. Y la voz de Morales, como un veneno lento: «Katja... usó una frase similar».
Con una mano que temblaba ligeramente, no por la edad, sino por una ira y una curiosidad que creía enterradas, Javier Aguilar arrastró la carpeta hacia él. El tacto del cartón fue frío y definitivo.
El exilio había terminado.
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